Nunca el fuego fue tan vivo. Contigo, la intangible belleza de una flor. No se quemaba, pero ardía. Ardía con fuerza. Si cerrabas los ojos, podías sentir su aroma penetrando tu cuerpo, anestesiándolo.
lunes, 5 de octubre de 2009
Fuego
Nunca el fuego fue tan vivo. Contigo, la intangible belleza de una flor. No se quemaba, pero ardía. Ardía con fuerza. Si cerrabas los ojos, podías sentir su aroma penetrando tu cuerpo, anestesiándolo.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Lluvia
Nunca el sueño fue tan triste. Decenas de luciérnagas. Había estado lloviendo. Era incoherente, pero a mí me encantaba porque era mi sueño. Pude pintar luces y sombras, el contraste era fascinante. Entonces, las luciérnagas se apagaron y me sumí en la total oscuridad.
domingo, 30 de agosto de 2009
No salgas
domingo, 21 de junio de 2009
Perdición
- ¿Por qué quieres hacerme daño?
- No quiero hacerte daño, dios. Sólo quiero joderte un rato e irme a dormir a casa.
- ¿Ves como tengo razón? Joder es sinónimo de hacer daño.
- No, ¡no! Joder es sinónimo de follar.
- Qué ordinario eres.
Y tranquilamente, se puso a beber un mejunje de los suyos con esa boca que tanto me perturbaba.
- Quítate la ropa.
- Pero ¿qué dices?
- Ya me has oído. Me molestan todos esos tejidos sobre tu cuerpo.
- Todos estos tejidos, como tú dices, cubren mi cuerpo para que obsesos como tú se mueran por saber qué hay debajo de ellos.
Como oponía tanta resistencia verbal, pasé a usar la fuerza. La masa de mi brazo, mínimamente acelerada, y la misma acción de la gravedad fueron más que suficientes. Tumbada en la cama, ya no se resistía. Sabía que la posición horizontal la transformaba, dejaba de ser tan modosa, tan frágil. Todo su yo oculto, su lado animal, salía al exterior. Y me lo mostraba a mí. Únicamente a mí.
No puedo explicar lo que sucedió después con palabras. Todo pasó a cobrar sentido. La ventana entreabierta, los gritos, los cuerpos, las paredes, aquel jarrón horrible, el espejo, nuestro reflejo.
Se levantó.
- No he cerrado la puerta con llave, puedes irte.
Y tímidamente recogió su ropa y entró al baño a cambiarse. Volvía a ser la señorita perfecta que era de cara al mundo imperfecto, la señorita perfecta que yo odiaba, pero que tanto ansiaba. Así que me fui. Debía matar al tipo de la calle 14, órdenes del jefe.
De camino, ya en el coche, estuve pensando en ella. Pensé en que me había salvado, en que sin ella sólo era un ser ruin y mezquino, un asesino cobarde. Ella era mi luz al final del túnel. Ahora sí estaba perdido.
miércoles, 8 de abril de 2009
El purgatorio perdido
Sales a la calle sin reparar absolutamente en nada. Hoy no importa con cuántos desconocidos te cruces. No vas a elegir uno al azar y comprobar a dónde va, cuáles son sus movimientos o por qué lee el periódico de esa manera o se rasca la oreja de esa otra. Tampoco vas a subir en el ascensor para entablar una breve conversación con un vecino o permanecer treinta segundos envuelto en un silencio incómodo.
Hoy te reirías de la vida, del tiempo, de la levedad del ser, de lo insignificante que eres en el cosmos, de los fragmentos no olvidados, de los momentos nunca vividos, de tus pasos, de la música de fondo.
Pero hoy estás turbado porque hoy no importa nada, ni siquiera el cielo o el infierno.
domingo, 29 de marzo de 2009
La penumbra de los seres escondidos
Andrei NacuFuera, las luces de la ciudad, la lluvia. Dentro, la nada. O todo, quién sabe.
Allí donde viste luz, sólo había sombras. Allí donde creíste ver el más allá, sólo había polvo. Allí donde sentiste ascender, sólo caías. Y recuerda, no vuelvas. Porque allí donde creas vivir, sólo estarás visionando tu vida.
martes, 3 de marzo de 2009
El profanador de almas
Peggy WashburnCreí haberle recomendado otro tipo de compañía. Lo estaba advirtiendo con bastante antelación y no quería hacerme caso. Decía que quería quedarse.
A las 06.30 de la mañana siguiente, yo ya no podía dormirme, así que me levanté, preparé algo de beber y me senté a escribir en mi máquina vieja. Apareció por la puerta un rato después. Cuando reparó en que yo no llevaba ropa, su cara se llenó de vergüenza ajena. Era verano, hacía un calor insoportable y yo no estaba acostumbrada a tener invitados.
- Vamos, cambia esa cara. No creo que nunca hayas visto a una mujer desnuda.
Salió rápido por la puerta. Impasible, seguí tecleando. Reapareció. Apoyó el lateral de su cuerpo en el marco de la puerta, encendió un cigarro y se quedó mirándome. Fumaba con ansias y poseído, y me estaba poniendo realmente nerviosa. Empecé a teclear con mayor fuerza, como si eso fuera a hacer que dejara de echar humo al aire con tanto ímpetu. Sus ojos continuaban fijos en mí, me los clavaba incluso al inhalar.
Entonces lo supe: había vuelto para no quedarse nunca.
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